Julio Herrera y Reissig

La mejor de las fieras humanas

Julio Herrera y Reissig

Eglogánimas


Julio Herrera y Reissig


Eglogánimas

 

El despertar


Alisia y Cloris abren de par en par la puerta

Y torpes, con el dorso de la mano haragana,

Restréganse los húmedos ojos de lumbre incierta,

Por donde huyen los últimos sueños de la mañana...


La inocencia del día se lava en la fontana,

El arado en el surco vagaroso despierta,

Y en torno de la casa rectoral, la sotana

Del cura se pasea gravemente en la huerta...


Todo suspira y ríe. La placidez remota

De la montaña sueña celestiales rutinas.

El esquilón repite siempre su misma nota


De grillo de las cándidas églogas matutinas.

Y hacia la aurora sesgan agudas golondrinas

Como flechas perdidas de la noche en derrota.


Amarillys / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 2, 1905.







El regreso


La tierra ofrece el ósculo de un saludo paterno...

Pasta un mulo la hierba mísera del camino

Y la montaña luce, al tardo sol de invierno,

Como una vieja aldeana, su delantal de lino.


Un cielo bondadoso y un céfiro tierno...

La zagala descansa de codos bajo el pino,

Y densos los ganados, con paso paulatino.

Acuden a la música sacerdotal del cuerno.


Trayendo sobre el hombro leña para la cena,

El pastor, cuya ausencia no dura más de un día,

Camina lentamente rumbo de la alquería.


Al verlo la familia le da la enhorabuena...

Mientras el perro, en ímpetus de lealtad amena,

Describe coleando círculos de alegría.


Amarillys / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 2, 1905.










El almuerzo


Llovió... Trisca a lo lejos un sol convaleciente,

Haciendo entre las piedras brotar una alimaña

Y al son de los compactos resuellos del torrente,

Con áspera sonrisa palpita la campaña...


Rumia en el precipicio una cabra pendiente;

Una ternera rubia salta entre la maraña,

Y el cielo campesino contempla ingenuamente

La arruga pensativa que tiene la montaña.


Sobre el tronco enastado de un abeto de nieve

Ha rato que se aman damócaris y hebe;

Uno con su cayado reanima las pavesas,


Otro distrae el ocio con pláticas sencillas...

Y de la misma hortera comen higos y fresas,

Manjares que la dicha sazona en sus rodillas.


Amarillys / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 2, 1905.












La siesta


No late más que un único reloj: el campanario,

Que cuenta los dichosos hastíos de la aldea,

El cual, al sol de enero, agriamente chispea,

Con su aspecto remoto de viejo refractario...


A la puerta, sentado se duerme el boticario...

En la plaza yacente la gallina cloquea

Y un tronco de ojaranzo arde en la chimenea,

Junto a la cual el cura medita su breviario.


Todo es paz en la casa. Un cielo sin rigores,

Bendice las faenas, reparte los sudores...

Madres, hermanas, tías, cantan lavando en rueda


Las ropas que el domingo sufren los campesinos...

Y el asno vagabundo que ha entrado en la vereda

Huye, soltando coces, de los perros vecinos.


Amarillys / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 2, 1905.










La velada


La cena ha terminado: legumbres, pan moreno

Y uvas aún lujosas de virginal rocío...

Rezaron ya. La luna nieva un candor sereno

Y el lago se recoge con lácteo escalofrío.


El anciano ha concluído un episodio ameno

Y el grupo desanúdase con un placer cabrío...

Entre tanto, allá fuera, en un silencio bueno,

Los campos demacrados encanecen de frío.


Lux canta. Lidé corre. Palemón anda en zancos.

Todos ríen... La abuela demándales sosiego,

Anfión, el perro, inclina, junto al anciano ciego,


Ojos de lazarillo, familiares y francos...

Y al son de las castañas que saltan en el fuego

Palpitan al unísono sus corazones blancos.


Amarillys / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 2, 1905.











El alba


Husmean en la vieja cocina hospitalaria

Los rústicos candiles... Madrugadora leña

Infunde una sabrosa fragancia lugareña;

Y el desayuno mima la vocación agraria...


Rebota en los collados la grita rutinaria

Del boyero que a ratos deja la yunta y sueña...

Filis prepara el huso. Tetis, mientras ordeña,

Ofrece a dios la leche blanca de su plegaria.


Acongojando el valle con sus beatos nocturnos,

Salen de los establos, lentos y taciturnos,

Los ganados. La joven brisa se despereza.


Y como una pastora, en piadoso desvelo,

Con sus ojos de bruma, de una dulce pereza,

El alba mira en éxtasis las estrellas del cielo.


Amarillys / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 2, 1905.











La vuelta de los campos


La tarde paga en oro divino las faenas...

Se ven limpias mujeres vestidas de percales,

Trenzando sus cabellos con tilos y azucenas

O haciendo sus labores de aguja en los umbrales.


Zapatos claveteados y báculos y chales...

Dos mozas con sus cántaros se deslizan apenas.

Huye el vuelo sonámbulo de las horas serenas.

Un suspiro de arcadia peina los matorrales...


Cae un silencio austero... Del charco que se nimba

Estalla una gangosa balada de marimba.

Los lagos se amortiguan con espectrales lampos,


Las cumbres, ya quiméricas, corónanse de rosas...

Y humean a lo lejos las rutas polvorosas

Por donde los labriegos regresan de los campos.


Amarillys / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 2, 1905.











La huerta


Por la teja inclinada de las rosas techumbres

Descienden en silencio las horas... El bochorno

Sahúma con bucólicas fragancias el contorno

Ufano como nunca de vistosas legumbres.


Hécuba diligente da en reparar las lumbres...

Llegan por el camino cánticos de retorno.

Iris, que no ve casi, abandona su torno,

Y suspira en la tarde, libre de pesadumbres.


Obscurece. Una mística majestad unge el dedo

Pensativo en los labios de la noche sin miedo...

No llega un solo eco, de lo que al mundo asombra,


A la almohada de rosas en que sueña la huerta...

Y en la sana vivienda se adivina la sombra

De un orgullo que gruñe como un perro a la puerta.


Amarillys / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 2, 1905.












Claroscuro


En el dintel del cielo llamó por fin la esquila.

Tumban las carrasqueñas voces de los arrieros

Que el eco multiplica por cien riscos y oteros,

Donde laten bandadas de pañuelos en fila...


El humo de las chozas sube en el aire lila;

Las vacas maternales ganan por los senderos;

Y al hombro sus alforjas, leñadores austeros

Tornan su gesto opaco a la tarde tranquila...


Cerca del cementerio, más allá de las granjas,

El crepúsculo ha puesto largos toques naranjas.

Almizclan una abuela paz de las escrituras


Los vahos que trascienden a vacunos y cerdos...

Y palomas violetas salen como recuerdos

De las viejas paredes arrugadas y oscuras.


["la oración"] Amarillys / El Diario Español (Buenos Aires) abr. 2, 1905.











La iglesia


En un beato silencio e1 recinto vegeta.

Las vírgenes de cera duermen en su decoro

De terciopelo lívido y de esmalte incoloro;

Y san gabriel se hastía de soplar la trompeta...


Sedienta, abre su boca de mármol la pileta.

Una vieja estornuda desde el altar al coro...

Y una legión de átomos sube un camino de oro

Aéreo, que una escala de jacob interpreta.


Inicia sus labores el ama reverente:

Para saber si anda de buenas san vicente

Con tímidos arrobos repica la alcancía...


Acá y allá maniobra después con un plumero,

Mientras, por una puerta que da a la sacristía,

Irrumpe la gloriosa turba del gallinero.


Amarillys / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 2, 1905.










El cura


Es el cura... Lo han visto las crestas silenciarias,

Luchando de rodillas con todos los reveses,

Salvar en pleno invierno los riesgos montañeses

O trasponer de noche las rutas solitarias.


De su mano propicia, que hace crecer las mieses,

Saltan como sortijas gracias involuntarias;

Y en su asno taumaturgo de indulgencias plenarias,

Hasta el umbral del cielo lleva a sus feligreses...


Él pasa del hisopo al zueco y la guadaña;

Él ordeña la pródiga ubre de su montaña

Para encender con oros el pobre altar de pino;


De sus sermones fluyen suspiros de albahaca:

El único pecado que tiene es un sobrino...

Y su piedad humilde lame como una vaca.


Amarillys / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 2, 1905.











La llavera


Viste el hábito rancio y habla ronco en voz densa;

Sigue un perro la angustia de su sombra benigna;

Mascullando sus votos, reverente, consigna

Un espectro achacoso de rutina suspensa...


Al repique doméstico de sus llaves, se piensa

En las brujas de Rembrandt... Sin embargo es tan digna

Que Luzbel la chamusca, por lo cual se persigna

Y con aguas benditas neutraliza la ofensa.


Ella sabe la historia de los santos patrones,

De syllabus, de ritos y de kirieleisones...

Ella sufre nostalgias sordas del santo oficio.


En la gloria del padre será libre de expurgo.

Y se tiene por cierto que en la noche del juicio

Dará fe de los buenos parroquianos del burgo...


, c. 1905











El consejo


El astrónomo, el vate y el mentor se han reunido...

La montaña recoge la polémica agreste;

Y en el aire sonoro de campana celeste,

Las tres voces retumban como un solo latido.


Conjeturan fiebrosos del principio escondido...

Luego el mago predice la miseria y la peste;

El poeta improvisa, mientras, vuelto al oeste,

El astrónomo anuncia que en Hispania ha llovido.


Ebrios de la divina majestad del tramonto,

Los discursos se agravan... Es ya noche. De pronto,

Arde en fuga una estrella... Interrogan sus rastros


Cual mil ojos abiertos al enigma infinito:

Se hace triple el silencio del consejo erudito...

Dedos entre la sombra se alzan hacia los astros.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.











La noche


La noche en la montaña mira con ojos viudos

De cierva sin amparo que vela ante su cría;

Y como si asumieran un don de profecía,

En un sueño inspirado hablan los campos rudos.


Rayan el panorama, como espectros agudos,

Tres álamos en éxtasis... Un gallo desvaría,

Reloj de medianoche. La grave luna amplía

Las cosas, que se llenan de encantamientos mudos.


El lago azul de sueño, que ni una sombra empaña,

Es como la conciencia pura de la montaña...

A ras del agua tersa, que riza con su aliento,


Albino, el pastor loco, quiere besar la luna.

En la huerta sonámbula vibra un canto de cuna...

Aúllan a los diablos los perros del convento.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.











El angelus


Salpica, se abre, humea, como la carne herida,

Bajo el fecundo tajo, la palpitante gleba;

Al ritmo de la yunta tiembla la corva esteva,

Y el vientre del terruño se despedaza en vida.


Ímproba y larga ha sido como nunca la prueba...

La mujer, que afanosa preparó la comida,

En procura del amo viene como abstraída,

Dando al pequeño el tibio, dulce licor que nieva.


De pronto, a la campana, todo el valle responde:

La madre de rodillas su casto seno esconde;

Detiénese el labriego y se descubre, y arde


Su mirada en la súplica de piadosos consejos...

Tórnanse al campanario los bueyes. A lo lejos

El estruendo del río emociona la tarde.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.











Las horas graves


Sahúmase el villaje de olores a guisados;

El párroco en su mula pasa entre reverencias;

Laten en todas partes monótonas urgencias,

Al par que una gran calma inunda los sembrados.


Niñas en las veredas cantan... En los porfiados

Cascotes de la vía gritan las diligencias,

Mientras en los contornos, zumba, hacia las querencias,

El cuerno de los viejos pastores rezagados.


Lilas, violadas, lóbregas, mudables como ojeras,

Las rutas, poco a poco, aparecen distintas;

Cuaja un silencio oscuro, allá por las praderas


Donde cantando el día se adormeció en sus tintas...

Y adioses familiares de gritas lastimeras

Se cambian al cerrarse las puertas de las quintas.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.











La flauta


Tirita entre algodones húmedos la arboleda...

La cumbre está en un blanco éxtasis idealista;

Y en brutos sobresaltos, como ante una imprevista

Emboscada, el torrente relinchando rueda.


Todo es grave... En las cañas sopla el viento flautista.

Mas súbito, rompiendo la invernal humareda,

El sol, tras de los montes, abre un telón de seda,

Y ríe la mañana de mirada amatista.


Cien iluminaciones, en fluidos estambres,

Perlan de rama en rama, lloran de los alambres...

Descuidando el rebaño, junto al cauce parlero,


Upilio se confía dulcemente a su flauta,

Sin saber que de amores, tras un álamo, incauta,

Contemplándole Fílida muere como un cordero.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.











Los perros


El olivo y el pozo... Dormida una aldeana

En el brocal... A un lado la senda viajadora,

Y un hombre paso a paso: todo lo que a la hora

Suspira una evangélica gracia samaritana...


El sol es miel, la brisa pluma y el cielo pana...

Y el monte, que una eterna candidez atesora,

Ríe como un abuelo a la joven mañana,

Con los mil pliegues rústicos de su cara pastora.


Pan y frutas: ingenuos desayunos frugales.

Mientras que los pastores huelgan de sus pradiales

Fatigas o se lavan en los remansos tersos,


Maniobran hacia el valle de tímpanos agudos,

Los celosos instintos de los perros lanudos,

De voz ancha, que integran los ganados dispersos.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.











Idilio


La sombra de una nube sobre el césped recula...

Aclara entre montañas rosas la carretera

Por donde un coche antiguo, de tintinante mula,

Llena de ritornelos la tarde placentera.


Hundidos en la hierba gorda de la ribera,

Los vacunos solemnes satisfacen su gula;

Y en lácteas vibraciones de ópalo, gesticula

Allá, bajo una encina, la mancha de una hoguera.


Edipo y Diana, jóvenes libres de la campiña,

Hacen testigo al fuego de sus amores sabios;

Con gestos y pellizcos recélanse de agravios;


Mientras él finge un largo mordisco, ella le guiña:

Y así las horas pasan en su inocente riña,

Como una suave pluma por unos bellos labios!


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.











Ebriedad


Apurando una cena de aceitunas y nueces,

Luth y Cloe se cambian una tersa caricia;

Beben luego en el hoyo de la mano, tres veces,

El agua azul que el cielo dió a la estación propicia.


Del corpiño indiscreto, con ingenua malicia,

Ella deja que alumbren púberas redondeces.

Y mientras Luth en éxtasis gusta sus embriagueces,

Cloe los bucles pálidos del amante acaricia.


Anochece. Una bruma violeta hace vagos

El aprisco y la torre, la montaña y los lagos...

Sofocados de dicha, de fragancias y trinos,


Ella calla y apenas él suspírala: oh Cloe!

Mas de pronto se abrazan al sentir que un oboe

Interpreta fielmente sus silencios divinos!


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.











Las madres


Verde luz y heliotropo en los amplios confines...

El cielo, paso a paso, deviénese incoloro;

En la fuente decrépita iza un iris canoro

La escultura musgosa de los cuatro delfines.


Suena, de roca en roca, sus cándidos trintrines

La vagabunda esquila del rebaño, y en coro,

Ante dios que retumba en la tarde, urna de oro,

Los charcos panteístas entonan sus maitines.


Y a grave paso acuden, por los senderos todos,

Gentes que rememoran los antiguos exodos:

Mujeres matronales de perfiles oscuros,


Cuyas carnes a trébol y a tomillo trascienden,

Ostentando el pletórico seno de donde penden

Sonrosados infantes, como frutos maduros.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.











Los carros


Mucho antes que el agrio gallinero, acostumbra

A cantar el oficio de la negra herrería,

Husmea el boticario, abre la barbería,..

En la plaza hay tan sólo un farol (que no alumbra).


A través de la sórdida nieve que apesadumbra,

Los bueves del cortijo aran la cercanía,

Y en gesto de implacable mala estación, el guía

Salpica de improperios rurales la penumbra.


Mientras, duerme la villa señorial... Los amores

De la fuente se lavan en su mármol antiguo;

Y bajo el candoroso astro de los pastores,


Ungiendo de añoranzas el sendero contiguo,

Pasan silbidos lentos y aires de tiempo ambiguo,

En tintinambulantes carros madrugadores.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.











La dicha


Todas—blancas ovejas fieles a su pastora—

Recogidas en torno del modesto santuario,

Agrúpanse las pobres casas del vecindario,

En medio de una dulce paz embelesadora.


La buena grey asiste a la misa de aurora...

Entran gentes oscuras, en la mano el rosario;

Bendiciendo a los niños, pasa el pulcro vicario

Y detrás la llavera, siempre murmuradora...


Se come el santuario musgoso la borrica

Del doctor, que indignado un sochantre aporrea.

Transparente, en la calle principal, la botica


Sugestiona a las moscas la última panacea.

Y al “ras” de su cuchillo cirujano, platica

El barbero intrigante: folletín de la aldea.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.











Buen día


“Do re mi fa” de un piano de vidrio en el follaje...

Regálase la brisa de un sacro olor a hinojos;

Y protegiendo el dulce descanso del villaje

Vela el paterno cielo con un billón de ojos...


Lumbres en la montaña vuelcan sobre el paisaje

Claroscuros cromáticos y vagos infra-rojos;

Pulula en monosílabos crescendos un salvaje

Rumor de insectos; ladran perros en los rastrojos.


De súbito, el sereno, en trasnochado canto,

Pregona: “son las cinco!” tal como por encanto,

De gárrulas comadres y vírgenes curiosas


Reviven los umbrales; y noche todavía,

Cruzan de boca en boca los ingenuos: “buen día”,

Como hilos de alegre rocío entre las rosas.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), dic. 16, 1906.












El secreto


Se adoran. Timo atiende solícita al gobierno

De su casuca blanca. Bión, a sus pocas reses.

Y bajo la tutela de días sin reveses,

Amor retoza y medra como un cabrito tierno.


Con casta dicha, Timo, en el claustro materno,

Siente latir un nuevo corazón de tres meses...

Y sueña, en sus oscuros arrobos montañeses,

Que la penetra un rayo del dinamismo eterno.


Ante el amante, presa de ardores purpurinos,

Se turba y el secreto tiembla en sus labios rojos:

Huye, torna, sonríe, se oculta entre los pinos...


Bión calla, pero apenas descifra sus sonrojos,

La estrecha, y en un beso pone el alma en sus ojos

Donde laten los últimos ópalos vespertinos.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), may. 12, 1907.










El domingo


Te anuncia un ecuménico amasijo de hogaza,

Que el instinto del gato incuba antes que el horno.

La grey que se empavesa de sacrílego adorno,

Te sustancia en un módico pavo real de zaraza...


Un rezongo de abejas beatifica y solaza

Tu sopor, que no turban ni la rueca ni el torno...

Tú irritas a los sapos líricos del contorno;

Y plebeyo te insulta doble sol en la plaza...


Oh domingo! La infancia de espíritu te sueña,

Y el pobre mendicante que es el que más te ordeña...

Tu genio bueno a todos cura de los ayunos,


La misa te prestigia con insignes vocablos,

Y te bendice el beato rumiar de los vacunos

Que sueñan en el tímido Bethlem de los establos...


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), set. 27, 1908.













Panteo


Sobre el césped mullido que prodiga su alfombra,

Job, el mago de acento bronco y de ciencia grave,

Vincula a las eternas maravillas su clave,

Interroga a los astros y en voz alta les nombra...


Él discurre sus signos... Él exulta y se asombra

Al sentir en la frente como el beso de un ave,

Pues los astros le inspiran con su aliento suave:

Y en perplejas quietudes se hipnotiza de sombra.


Todo lo insufla. Todo lo desvanece: el hondo

Silencio azul, el bosque, la inmensidad sin fondo...

Transubstanciado, él siente como que no es el mismo.


Y se abraza a la tierra con arrobo profundo...

Cuando un grito, de pronto, estremece el abismo:

Y es que Job ha escuchado el latido del mundo!


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), set. 27, 1908.









La misa cándida


Jardín de rosa angélico, la tierra guipuzcoana!

Edén que un fra Doménico soñara en acuarelas...

Los hombres tienen rostros vírgenes de manzana,

Y son las frescas mozas óleos de antiguas telas.


Fingen en la apretura de la calleja aldeana,

Secretearse las casas con chismosas cautelas.

Y estimula el buen ocio un trin-trin de campana,

Un pum-pum de timbales y un fron-fron de vihuelas.


Oh campo siempre niño! Oh patria de alma proba!

Como una virgen, mística de tramonto, se arroba...

Aves, mar, bosques: todo ruge, solloza y trina,


Las bienaventuranzas sin código y sin reyes...

Y en medio a ese sonámbulo coro de Palestrina,

Oficia la apostólica dignidad de los bueyes!


Éxtasis / Bohemia, ago. 15, 1908.











La zampoña


Lux no alisa el corpiño, ni presume en la moña;

Duda y calla cruelmente, y en adustos hastíos

Sus encantos se apagan con dolientes rocíos,

Y su alma, en precoces desalientos, otoña.


Job también hace tiempo receloso emponzoña

Sus ariscos afectos con presuntos desvíos.

Y a la luna y durante los ocasos tardíos,

Da en contar sus dolencia a 1a buena zampoña.


En casa, las amigas de Lux le hacen el santo,

La obsequian y la adulan... Bulle la danza, en tanto

Lux ríe. Su hermosura esa noche destella...


Mas de pronto se vuelve con nervioso desvelo,

La cabeza inclinada y los ojos al cielo,

Pues ha oído que llora la zampoña por ella!


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), may. 12, 1907.











La escuela


Bajo su banderola pertinente, la escuela

Bate con aleluyas de gorrión lugareño;

Y chatos de modorra, endosados a un leño,

Unos tristes jamelgos dicen la clientela...


Desde el pupitre, rígido el preceptor recela

Por el decoro unánime... Mas, estéril empeño,

Amasando el "morrongo" cabecea su sueño,

Lo que escurre conatos sordos de francachela.


Entona su didáctica de espesas digestiones,

A cada rato un riego enorme de oraciones...

Aunque, a decir lo justo, su ciencia es harto exigua,


La palmeta y la barba le hacen expeditivo...

Y entre la grey atónita, dómine equitativo,

Rebaña su mirada llena de luz antigua.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), may. 17, 1908.











Galantería ingenua


A través de la bruma invernal y del limo,

Tras el hato, Fonoe cabra la senda terca;

Mas de pronto, un latido dícela que él se acerca...

Y en efecto, oye el silbo de Melampo su primo.


A la llama el coloquio busca sabroso arrimo;

Luego inundan sus fiebres en la miel de la alberca;

Hasta que la incitante fruta de ajena cerca

Les brinda la luz verde dulce de su racimo.


Después ríen... De nada! ¿Para qué tendrán boca?

Y, por fin—Dios lo quiso—él, de espaldas la choca

Y la estriega y la burla, ya que amor bien maltrata...


Y ella en púdicas grimas, con dignidades tiernas

De doncellez, se frunce el percal que recata

La primicia insinuante de sus prósperas piernas...



, c. 1907.










El guardabosque


La mesnada que aúlle o la sierpe se enrosque,

Vela, impávido, y sólo que un mal sueño lo exija,

Suspicaz como un gato, duérmese el guardabosque

Con su brazo de almohada y el buen sol por cobija


Él se mira en su selva como un padre en su hija.

Y aunque cruja la nieve y aunque el cielo se enfosque

La primera instantánea del oriente lo fija

Como a un genio hierático, sacerdote del bosque.


Los domingos visita la cocina del noble,

Y al entrar, en la puerta deja el palo de roble.

De jamon y pan duro y de lástimas toscas


Cuelga al hombro un surtido y echa a andar taciturno;

Del cual comen, durante la semana, por turno:

Él, los gatos y el perro, la consorte y las moscas...


, c. 1907.











El baño


Entre sauces que velan una anciana casuca,

Donde se desvistieran devorando la risa,

Hacia el lago, Foloe, Safo y Ceres, de prisa

Se adelantan en medio de la tarde caduca.


Atreve un pie Foloe, bautízase la nuca,

Y ante el espejo de ámbar arróbase indecisa;

Meneando el talle, Safo respinga su camisa

Y corre, mientras Ceres gatea y se acurruca...


Después de agrias posturas y esperezos felinos,

Gimiendo un ay! glorioso se abrazan a las ondas,

Que críspanse con lúbricos espasmos masculinos...


Mientras, ante el misterio de sus gracias redondas,

Loth, Febo y David. Púdicos tanto como ladinos,

Las contemplan y pálidos huyen entre las frondas.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), may. 12, 1907.












El labrador


Cual si pluguiese al diablo—vaya un decir—engorda

El granero vecino con la triple cosecha...

Y aunque él jura y zuequea, esta arcilla maltrecha

Sigue siendo madrastra o que realmente es sorda...


Mas con todo: “Aires rubios!”—tesonero barbecha—,

Y bien que el medro esquivo no es una vaca gorda,

A dios gracias la era patrimonial desborda...

Cuanto para ir capeando la estación contrahecha.


Y mientras el probable rendimiento calcula,

Con un pan de la víspera entretiene su gula...

Sabe un gusto a consorte en la masa harto linda,


Por lo cual en domésticas bendiciones se arroba...

Y con ojos de humilde lázaro, el terranova

Atisba las migajas que a intervalos le brinda.


, c. 1907










La granja


Monjas blancas y lilas de su largo convento,

Las palomas ofician vísperas en concilio,

Y ante el sol que, custodia regia, bruñe el idilio,

Arrullan al milagro vivo del sacramento...


Una vil pesadumbre, solemne en su aspaviento

Suntuoso, ubica el pavo: gran sultán en exilio...

El disco de los cisnes sueña renacimiento,

Mármoles y serenos éxtasis de Virgilio.


Con pulida elegancia de tenorio en desplante,

Un Aramís erótico, fanfarrón y galante,

El gallo erige... Oh huerto de la dicha sin fiebre!


No faltan más que el agua bendita y el hisopo,

Para mugir las cándidas consejas del pesebre

Y cacarear en ronda las fábulas de Esopo.


Eglógicos / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 27, 1909.












Otoño


La druídica pompa de la selva se cubre

De una gótica herrumbre de silencio y estragos;

Y cibeles esquiva su balsámica ubre,

Con un hilo de lágrimas en los párpados vagos...


Sus cabellos de místico azafrán llora octubre

En los lívidos ojos de muare de los lagos.

Las cigüeñas exodan. Y los búhos aciagos

Ululúan la mofa de un presagio insalubre...


Tras de la cabalgata de metal, las traíllas

Ladran a las casacas rojas y a las hebillas...

El cuerno muge. Todo ríe de austera corte.


El abuelo silencio trémulo se solaza...

Y zumba la leyenda ecuestre de la caza,

En medio de un hierático crepúsculo del norte.


Eglógicos / El Diario Español (Buenos Aires), abr. 27, 1909.










El monasterio


A una menesterosa disciplina sujeto,

Él no es nadie, él no luce, él no vive, él no medra.

Descalzo en dura arcilla, con el sayal escueto,

La cintura humillada por baldones de hiedra...


Abatido en sus muros de rigor y respeto,

Ni el alud, ni la peste, sólo el diablo le arredra;

Y como un perro huraño, él muerde su secreto,

Debajo su capucha centenaria de piedra.


Entre sus claustros húmedos, se inmola día y noche

Por ese mundo ingrato que le asesta un reproche...

Inmóvil ermitaño sin gesto y sin palabras,


En su cabeza anidan cuervos y golondrinas,

Le arrancan el cabello de musgo algunas cabras

Y misericordiosas le cubren las glicinas.


c. 1907.











La cátedra


De pie, entre sus discípulos y las torvas montañas,

El astrónomo enuncia todo un óleo erudito.

Él explica el pentágrama del arcano infinito,

El amor de los mundos y las fuerzas extrañas...


Con preguntas que inspiran las nocturnas campañas,

Lo sumerge en hipótesis el pastor favorito.

Él misteria, y de nuevo, en un gesto inaudito,

Lo absoluto discurre por sus barbas hurañas.


De pronto, suda y tiembla, pálido ante el enigma...

El eco que traduce una burla de estigma,

Le sugiere la estéril vanidad de su ciencia.


Su voz, como una piedra, tumba en la inmensa hora...

Arrodíllase, y sobre su contrita insolencia

Guiña la eterna y muda comba interrogadora.


c. 1907.











Éxtasis


Bión y Lucina, émulos en fervoroso alarde,

Permútanse fragantes uvas, de boca a boca;

Y cuando Bion ladino la ebria fruta emboca

Finge para que el juego lánguido se retarde...


Luego ante el oportuno carrillón de la tarde,

Que en sus almas, perdidas inocencias evoca,

Como una corza tímida tiembla el amor cobarde,

Y una paz de los cielos el instinto sofoca...


Después de un tiempo inerte de silencioso arrimo,

En que los dos ensayan la insinuación de um mimo,

Ella lo invade todo con con suspiro blando;


Y él, que como una esencia gusta el sabroso fuego,

Raya un beso delgado sobre su nuca, y ciego

En divinos transportes la disfruta soñando!


Eglógicos / El Diario Español (Buenos Aires), may. 12, 1907.











Iluminación campesina


Alternando a capricho el candor de sus prosas,

Ruth sugiere a la cítara tan augustos momentos!

Y Fanor en su oboe de aterciopelamientos

Plañe bajo el ocaso de oro y de mariposas...


Ante el genio enigmático de la hora, sedientos

De imposible y quimera, en el aire de rosas,

Ponen largo silencio sobre los instrumentos,

Para soñar la eterna música de las cosas.


Largas horas, en trance de eucarísticos miedos,

Amortiguan los ojos y se enlazan los dedos...

—dulce amigo!—ella gime, y Fanor: —oh mi amada!


Y la noche inminente lame sus mansedumbres...

De pronto, como bajo la varilla de un hada,

Fuegos, por todas partes, brotan sobre las cumbres.


c. 1904.












El teatro de los humildes


Es una ingenua página de la Biblia el paisaje...

La tarde en la montaña, moribunda se inclina,

Y el sol un postrer lampo, como una aguja fina,

Pasa por los quiméricos miradores de encaje.


Un vaho de infinita guturación salvaje,

De abstrusa disonancia, remonta a la sordina...

La noche dulcemente sonríe ante el villaje,

Como una buena muerte a una conciencia albina.


Sobre la gran campaña verde azul y aceituna,

Se cuajan los apriscos en vagas nebulosas;

Cien estrellas lozanas han abierto una a una;


Rasca un grillo el silencio perfumado de rosas...

El molino en el fondo, abrazando la luna,

Inspira de romántico viejo tiempo las cosas.



Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), may. 12, 1907.
















El dintel de la vida


Oh la brega que jacta de viruta y de pieles!...

Las espesas comadres mascan livianas prosas;

Y en proverbiales éxodos, promiscuan las jocosas

Diligencias, su carga, bajo los cascabeles...


Ah, dicha analfabeta sin resabios, ni hieles!

El rudo pan del cielo sabe a tomillo y rosas.

Ah, bañarse en la atónita desnudez de las cosas

Y morir en los brazos de la buena Cibeles!


Oh mañana inefable de la vida! Oh, la franca

Risa como de leche de la conciencia blanca!

Ante el alba inocente -no bien la noche fuga-


Se abre, entre la yerba viciosa de las calles,

La dulce aldea; blanca violeta de los valles,

Siempre dichosa y siempre buena porque madruga.


Bohemia, ago. 15, 1908.











Clarobscuro


Son campos solariegos... Tal vez, ay! Ese muro

Algún idilio trágico en su orfandad recuerde

Y la hiedra misántropa que su mármol remuerde,

Dio sombra al gran Virgilio o a Lamartine tan puro!


El viejo caserío, chato, de aspecto duro,

Allá en los accidentes, sonámbulo, se pierde;

Y la pradera huraña mira, en éxtasis verde,

Al monte que en el cielo enfosca un gesto oscuro.


La siembra su chillona, rústica pompa viste

En pañuelos pictóricos, que van hasta los cerros,

Bordados de hortalizas, de lino, mies y alpiste...


Y entre tanto, entre las roncas alarmas de los perros,

El tren se hunde en el túnel, como un ciclón de fierros,

El llanto de una gaita vuelve la tarde triste.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), may. 12, 1907.












La procesión


El señor cura, impuesto de sus oros sagrados,

Acaudilla el piadoso rebaño serraniego;

En voz alta exorciza los demonios, y luego

Salpica de agua santa las siembras y los prados.


Corean cien ladridos la procesión. Por grados,

Las músicas naufragan en el ancho sosiego...

Todo vuelve al divino mutismo solariego:

Gentes, rebaños, eras, parroquias y collados.


La emoción del crepúsculo pesa solemnemente.

Pájaros en triángulo vuelan sobre el torrente...

De cuando en cuando gime con unción oportuna,


La inválida miseria de un viejo carricoche...

Todo es grave. El castillo encantado de luna,

Llena de cuentos de hadas los campos y la noche.


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), may. 12, 1907.












El burgo


Junto al cielo en la cumbre de una sierra lampiña,

Tal como descansando de la marcha, se sienta

El burgo, con su iglesia, su molino y su venta,

En medio a un estridente mosaico de campiña.


Regálase de oxígeno, de nuez sana y de piña...

Rige chillonamente gitana vestimenta:

Chales de siembra, rosas y una carga opulenta

De ágatas, lapislázulis y collares de viña.


Naturaleza pródiga lo embriaga de altruismo;

El campo es su filósofo, su ley el catecismo.

Fieramente embutido en sus costumbres hoscas,


Por vanidad ni gloria mundanas se encapricha;

Tan cerca está del cielo que goza de su dicha,

Y se duerme al narcótico zumbido de las moscas...


Éxtasis / El Diario Español (Buenos Aires), may. 12, 1907.











La vendimia


Mordiscan las tijeras con apáticos mimos,

En un brillo piadoso, por los pámpanos ciegos;

Carbunclos y esmeraldas, gemas de extraños fuegos,

Desmayan sobre el cesto, en engarces opimos...


La rendición copiosa -premio de cien trasiegos-

Licencia enhorabuena los galantes arrimos;

Y ufanadas las mozas con lustrosos racimos

Trenzas cucas muñeiras y fandangos manchegos.


Es ya noche. Prismáticas transparencias de uvas

Rutilan en las fauces borrachas de las cubas...

Y mientras pan despierta himnos entre los saucos


-ebria de lacrimosos frutos la frente eximia-

Como al cuerno propicio de baco, la vendimia,

Hacia la luna joven, abre sus ojos glaucos.


El Diario Español (Buenos Aires), abr. 27, 1909.











Invierno


El invierno embalsama, con sugestion de faustos

Emolientes, las cosas... Ebria por el ventisco,

La luna sesga en póstuma decrepitud su disco

De azogue, que hipnotiza los predios inexhaustos.


La casa se reposa... Se oye el balar arisco,

Como una pesadilla de clamores infaustos,

En duelo de quién sabe qué antiguos holocaustos

Que lloran en el alma cristiana del aprisco.


Riendo ante la bella Neith que su prez modula,

El viejo una gloriosa lágrima disimula...

Por fin, la besa y luego que solemne la escruta,


Úngela de tabaco, y su dicha completa

Picándola en su barba las mejillas de fruta,

Que aterciopela un bello brumoso de violeta...


El Diario Español (Buenos Aires), may. 17, 1908.







La casa de Dios


Flamante con sus gafas sin muchos retintines,

Ataca a sus enfermos el médico cazurro:

Al bien forrado, es lógico, lo cura con latines,

Y en cuanto al pobre, rápido receta desde el burro...


Como antes, la acequia comenta en parlanchines

Borbollones el mismo confidencial susurro;

La orquesta del Casino, de un harpa y tres flautines,

Descerraja una polca contra el coro baturro.


El pueblo ronca viejas credenciales de gloria:

Bastiones y acueductos con sus barbas de historia,

Una escuela sin bancos y un hospicio en la cumbre,


Criptas y humilladeros con medrosos retablos...

Y en los mismos dinteles, bajo un fanal sin lumbre,

Una gran cruz de fierro para ahuyentar los diablos.

c. 1904








El genio de los campos


Por donde humea el último arado en los cultivos,

Agrias interjecciones el eco desentona.

De tarde en tarde el ámbito trasunta en su bordona

La egloga que sueñan los campos subjetivos.


Álamos oxidados y sauces compasivos...

Aldeanas con cestos de fruta. Una amazona...

El silencio en la inerte Cartuja congestiona

De mística Edad Media los panoramas vivos.


Insinúase un vaho de fresales maduros,

Con sabrosas resinas y violentos sulfuros...

Bajo el vetusto puente, clásica linfa corre,


Holgándose entre vegas de ópalo y de raso;

Mientras, muezín sonámbulo, la esquila de la torre

Traspasa de ultratumba y de Dios el ocaso.


El Diario Español (Buenos Aires), may.12, 1907.








El espejo


Se hunden en una sorda crisis meditabunda...

El Ocaso suaviza los últimos enojos,

Y Neith enjuga el oro líquido de sus ojos,

Triste como su hermana, la tarde moribunda...


Conspira en acres vahos la insinuación fecunda

De la Naturaleza, por siembras y rastrojos;

Y ellos, que ora se brindan flores en vez de abrojos,

Suman entrelazados una unidad profunda.


Largamente, idealmente, como un sacro beleño,

Bión la apura de un beso hasta el fondo del sueño...

Por no verla, en procura de un instante de calma,


Cierra luego los ojos, declinando en el hombro

La armoniosa cabeza, y oh! dulcísimo asombro,

Como en un claro espejo, la contempla en el alma.


El Diario Español (Buenos Aires), may.12, 1907.








La casa de la montaña


Ríe estridentes glaucos el valle; el cielo franca

Risa de azul; la aurora ríe su risa fresa;

Y en la era en que ríen granos de oro y turquesa,

Exulta con cromático relincho una potranca...


Sangran su risa flores rojas en la barranca;

En sol y cantos ríe hasta una oscura huesa;

En el hogar del pobre ríe la limpia mesa,

Y allá sobre las cumbres la eterna risa blanca...


Mas nada ríe tanto, con risas tan dichosas,

Como aquella casuca de corpiño de rosas

Y sombrero de teja, que ante el lago se aliña...


Quién la habita?... Se ignora. Misteriosa y huraña

Se está lejos del mundo sentada en la montaña,

Y ríe de tal modo que parece una niña.


El Diario Español (Buenos Aires), may.12, 1907.









Canícula


Labora la coqueta falange rusticana

Que se prepara el sábado para lucir en misa.

Zumba la pedrería musical siempre a prisa,

De la colmena. Un grillo cri-cra entre la ventana...


La tarde suda fuego. No cesa la roldana...

La gente en los sembrados anda esta vez remisa,

Y hasta la yunta dócil yunta, al aguijón sumisa,

Obedece, por cierto, que de muy mala gana.


Holgando breves horas en la estación que enerva,

Zagalas y zagalas se unen sobre la hierba...

Ellas descuidan blancas florescencias carnales,


Que muestran, aguas puras, su interior sin mancilla...

Cantan, juegan; y son todos un alma sencilla,

Tal como en las desnudas epocas fraternales.


El Diario Español (Buenos Aires), may.12, 1907.










Dominus vobiscum


Bosteza el buen Domingo, zángano de semana...

El trapero del burgo ronda en las callejuelas;

Y enluta el Seminario, en dos sordas estelas,

Su desfile simétrico, de una misma sotana.


Junto a la fuente, donde chocan sus castañuelas

Los sapos, el “elenco” debuta en la tartana;

Y beato, sobre tantas mansedumbres abuelas,

El cielo inclina un gesto de bendicion cristiana.


Dos turistas, muñecos rubios de rostro inmóvil,

Maniobran la visita de un fogoso automóvil...

Con su lente y sus frascos y su equipo de viaje,


Investiga el zootécnico, profesor de lombrices,

Y a su vera, dos chicos, en un gesto salvaje,

Atisban, con los húmedos dedos en las narices.


c. 1904







Bostezo de luz


Cien fuegos de agua viva rezan a la discreta

Ventura de los campos sin lábaro y sin tronos.

El incienso sulfúrico que arde por los abonos,

Se hermana a los salobres yodos de la caleta...


Con su densos perfiles y sus abruptos conos,

A lo lejos, la abstracta serranía concreta

Una como dormida tormenta violeta

Que el crepúsculo prisma de enigmáticos tonos.


Silencio. Un gran silencio que anestesia y que embruja,

Y una supersticiosa soledad de Cartuja.

Ripian en la plazuela, sobre el unico banco,


El señor del Castillo con su galgo y su rifle...

Y alla en la carretera que abre un bostezo blanco,

Se duerme la tartana lerda del mercachifle.


c. 1904










El ama


Erudita en lejías, doctora en la compota

Y loro en los esdrújulos latines de la misa,

Tan ágil viste un santo, que zurce una camisa,

En medio de una impávida circunspección devota...


Por cuanto el señor cura es más que un hombre, flota

En el naufragio unánime su continencia lisa...

Y un tanto regañona, es a la vez sumisa,

Con los cincuenta inviernos largos de su derrota.


Hada del gallinero. Genio de la dispensa.

Ella en el paraíso fía la recompensa...

Cuando alegran sus vinos, el vicario la engríé


Ajustándole en chanza las pomposas casullas...

Y en sus manos canónicas, golondrinas y grullas

Comulgan los recortes de las hostias que fríe.


  1. c.1904











Exhalación suprema


Bajo el regio crepúsculo de oro azul y grosella,

Títiro en la dulzaina solemniza su cuita,

Mientras Lux, taciturna de idilio en la hora aquella,

Bajo los abedules, sólo por él palpita...


Lux delira, en su alma ha nacido una estrella,

Aspirando esa música tan honda y exquisita,

Que evapora un suspiro de la tarde infinita,

Con todo lo que calla de más sublime en ella.


En su seno de virgen, late Amor un impronto

De ansiedad que la asfixia... Es ya noche. De pronto,

La dulzaina solloza un adiós mortecino,


Y silencia ante el éxtasis de los lagos azules.

Ha muerto un alma blanca bajo los abedules...

Voces intermitentes zumban en el camino.


c. 1904










El entierro


Cuatro rudos gañanaes, sobre el hombro herculoso

Sustentan el humilde féretro descubierto.

El cura ronca el salmo del eterno reposo.

Y redobla la esquila desde el valle hasta el huerto.


Las melenas volcadas de dolor, con incierto

Ritmo tardo y solemne adelantan al foso...

Y los torvos ancianos, con la vista en el muerto,

Se arrodillan en medio de un silencio espantoso.


“Adios, alma bendita, paloma de los cielos”,

Reza el cura.  Y unánimes desdoblan los pañuelos...

Por fin, sobre la caja, con íntimo reproche,


Cada cual un puñado de tierra vil derrumba...

Todo duerme. A intervalos lastiman en la noche,

Los aullidos del perro que vela ante la tumba.


  1. c.1904











Meridiano durmiente


Fuerte, a la soporífera canícula insensata,

La vieja sus remiendos monótonos frangolla;

Y al son del gluglutante rezongo de la olla,

Inspírase el ambiente de bucólica beata...


En el sobrio regazo de la cocina grata,

Su folletín la cándida maledicencia empolla,

Hasta que la merienda de hogaza y de cebolla

Abre un dulce paréntesis a la charla barata.


Afuera el aire es plomo... Casiopea y Melampo,

Turban sólo el narcótico gran silencio del campo.

Ella, la muy maligna, finge torpes enredos,


Como le habla al oído de divinos deslices...

Y así el tiempo resbala por sus almas felices,

Como un rosario fácil entre unos bellos dedos.


El Diario Español (Buenos Aires), may.17, 1908.










La siega


La mocedad que acude, briosa de las campañas,

A los mutuos apremios, puja a las maravillas:

Ellos, los mocetones torvos, con las guadañas,

Y ellas con las tijeras fáciles, en cuclillas...


Unos apilan mieses, otras atan gavillas,

Muchos juegan o comen tortas en las cabañas,

Mientras el vecindario pobre de las orillas

Espiga en los rastrojos mustios entre las cañas.


Hacia la era, inválidos, bajo una gloria de oro,

Vacilan los vehículos su viaje sonoro...

Cien rapazuelos llueven ágiles sus guijarros,


En medio de estridentes júbilos de ludibrio,

Y al fin restableciendo todos el equilibrio,

Fáciles sabandijas cuélganse de los carros.


El Diario Español (Buenos Aires), abr. 27, 1909.













La cena


Un repique de lata la merienda circula...

Aploma el artesano su crasura y secuestra

Media mesa en canónicas dignidades de bula,

Comiendo con la zurda, por aliviar la diestra...


Mientras la grey famélica los manjares adula,

En sabroso anticipo, sus colmillos adiestra;

Y por merecimiento, casi más que por gula,

Duplica su pitanza de col y de menestra...


Luego, que ante el rescoldo sus digestiones hipa,

Sumido en la enrulada neblina de su pipa,

Arrullan, golosinas domésticas de invierno:


La Hormiga y Blanca Nieves, Caperuza y el Lobo...

Y la prole apollada, bajo el manto materno,

Choca de escalofríos, en un éxtasis bobo.


  1. c.1904

Reúne:

Las manzanas de Amarillys, Los éxtasis de las montañas, sonetos eglógicos, y los luego conocidos como “sonetos vascos”.

Almas de égloga o églogas del alma. Esta serie comienza a escribirse en Buenos Aires en 1904, después de una breve estadía del poeta en Minas, Uruguay [según testigos, bajo el impacto sugestivo de esta última zona], y va siendo dada a conocer en El Diario Español de la capital argentina a partir de abril de 1905. Herrera recupera parcialmente aquí una de las tradiciones más antiguas de la poesía, el registro bucólico, y lo recrea agregándole lujos verbales y metáforas como creacionistas, que luego los ultraístas también buscarían. De ahí quizá el efecto que estos versos produjeron en el joven Borges cuando los conoció en Madrid de manos de Cansinos Assens, que había obtenido la edición de la casa Garnier, París, 1913. Pero además de bucolismo hay un retrato humano y de ambientes, en tono menor, con distancia e ironía. Herrera y Reissig toma de Jocelyn, una obra de Lamartine, algunas atmósferas y tópicos, como la de los curas rurales o la de supuestamente inocentes idilios entre aldeanos. En esta zona Herrera alcanza un sabio equilibrio entre lo coloquial y lo extraño. Sigue habiendo pues influencia de climas ya explorados por los románticos, pero controlada con facilidad ya a esta altura. Se explotan subtonos, como lo gótico (cf. “La Noche” y otros), y la visualidad oscila entre lo impresionista y lo expresionista. Abunda la animación de lo inanimado, prosopopeya [cf. “el estruendo del río emociona la tarde”, etc.], en conjuntos francamente panteístas. La locación parece ajena pero muchos críticos han visto que detrás de las formas aparentemente distantes podría haber un aura trasmutada de campos más locales y cercanos. El mismo autor sugiere esto en una carta a su novia de noviembre de 1904, cuando ya estaba embarcado en esta serie. Esta es la serie que hizo más conocido a Herrera y Reissig entre sus contemporáneos, cuando aún la “Tertulia lunática” no había sido publicada.