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Julio Herrera y Reissig

La mejor de las fieras humanas

Olvidados


Julio Herrera y Reissig:

La mejor de las fieras humanas


Inéditos

 

“Nuevo sistema de iluminación”


Sin firma. En la sección “Municipalidad” de El Uruguay,  6 de octubre de 1905.


Dice: “Nuevo sistema de iluminación.

Triviales á fuer de gastados son los motivos estéticos de iluminación de la metrópoli, en nuestras grandes solemnidades. Preténdese “echar la casa por la ventana”, encandilando al pueblo con el aparato, siempre el mismo, de pintorescas bombitas, simétricamente alineadas en rigor mecánico de curvas, formando arcos, en duras horizontales de implacable monotonía y en lastimosos dibujos. Lo más que se hace para variar tal etiqueta de molde enciclopedista, es desparramar las luces en primitivo desorden ó suspenderlas en racimos bicolores desde palitroques desgarbados que suelen dar el grito chillón del boato municipal en el ángulo de una plaza, detrás de un árbol, ó en una esquina, sin que se sepa para qué están ni qué significan, á no ser una disonancia del buen gusto sacrificado a la claridad. En buena hora la debácle de los festejos, la pobreza de la iluminación y todos los etcéteras negativos, si tales cosas no implicasen un desangramiento del tesoro público, al precio vil de la necesidad. Pero, fatalmente, es esto último y no lo primero lo que perdura como una estela de triste memoria en las páginas del libro de cuentas del Estado, pasadas las embriagueces colectivas del feliz momento. La friolera de seis mil pesos ha costado á la Municipalidad las últimas iluminaciones y mucho más para las mismas ha desembolsado el Ejecutivo sin contar con que otras misas han exigido mayores sacrificios del Erario, con mucho menos provecho.

Es una atrocidad lo que duelen esas mendicantes ornamentaciones, esos cuatro palos de comparsa y esos velorios tradicionales, al son de morteros y charangas con que festejamos “el día de la rica comadre”, y eso cuando á lo mejor, después de sabias consultas, de longánimas suscripciones y gastos de un tiempo precioso, la fiesta no se nos ahoga y hacemos la más ridícula de las posturas clownescas, ante la visita espeluznada de quienes nos honran en esas congratulaciones con su presencia solemne. Verbo y gracia lo que ocurrió en el Carnaval pasado—verdadera plancha carnavalesca—en que todo quedó á medio afeitar, y algo así como catafalcos de burla en un funeral de Momo, se ostentaban en nuestra Plaza Independencia los que hubieron de ser arcos suntuosos, monotrelos de maderamen que inspiraban dolorosa risa.

Pues bien; todo lo dicho de mal gusto y de costoso dispendio, se evitará en lo futuro, con el nuevo sistema de iluminación que proyecta el señor Vidiella, importado de París, como una fresca primicia.

Se sabe el aspecto magnífico de las iluminaciones que se efectuaron últimamente en la gran capital en honor de Alfonso XIII, cuyo éxito ha dado la nota más culminante de novedad y de buen gusto, que se haya dado hasta la fecha en ese sentido, haciendo palpitar las crónicas mundiales de esos aleluyas, en una atronadora apología.

Sugestionado ante los dibujos de esos adornos, en verdad impresionantes por la gracia y por la belleza, el señor Vidiella ideó su plan de adopción y al efecto solicitó prospectos á la casa que hizo el servicio de las grandes fiestas internacionales de París, Henry Beau y Cía y á otras dos casas más con el precio correspondiente á la categoría de los adornos, obteniendo lo que solicitaba, con todos los detalles al respecto, según nos manifestó el propio señor Vidiella.

Dichos adornos se separan absolutamente de lo conocido en esa materia hasta el presente y se nos ocurre un arte nuevo que bien podría llamarse lumbrecultura, desde que se trata de cultivar la estética de luz, en una exteriorización de naturalidad perfecta.

Como todos los demás artes, nace la lumbrecultura imitando á la naturaleza, fuente de vida y de gracia eternas. Efectivamente, la luz dispuesta caprichosamente, se produce en una flora gallarda y heterogénea, sustentada en ramazones pintorescas de jardinería. Admiraremos de ese modo variada multitud de alilas, crisantemos, lotos, orquídeas, floripondios, lirios, ya esbeltos, ya inclinados, ya lozanos, ya tristes, toda una familia luminosa brotando en matiz, en gracia, en encanto, en sugestibilidad, con el vigoroso relieve del rayo que la dibuja en la tela aérea bajo la inmensa noche circundante.

Será la espectración miliunanochesca de un parque encantado que se enciende de pronto y flota en el éxtasis; será la levitación espirítica de un billón de almas del bosque en la alegoría de un cuento de Hadas.

Aparte de constituir la nota más saliente de la elegancia y del alto cachet parisién, con que Montevideo se ufana en las grandes festividades, su costo es reducido relativamente. Todo es cuestión de adquirir los aparatos—pues, se aprovecharía la corriente eléctrica de la Usina del Arroyo Seco que el Gobierno tiene á su disposición—resultando de esa manera unas iluminaciones extraordinarias por la belleza y por la novedad, con la ventaja perenne de un mínimo desembolso de los dineros municipales.

De cualquier manera, resulten ó no los esfuerzos del señor Vidiella para que se adopte dicho sistema oficialmente en las señaladas festividades públicas, persiste el firme propósito de engalanar el Palaco del Municipio en las grandes noches, con ese glorioso florilegio que ha hecho la embriaguez de París, por un momento, haciendo latir de voluptuosidad su loco y voluble corazón.”


Original en Colección Particular Herrera y Reissig, Departamento de Investigaciones y Archivos Literarios Biblioteca Nacional de Uruguay. Reproducido con autorización de esa institución.

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